domingo, 1 de junio de 2008

Estrellas de Hollywood.

Tenía las pupilas dilatadas y el tabique de platino. Tenía el mundo por delante y el viento por frontera. Era un soñador con ojeras permanentes, un bala perdida que jugaba con una faca como compañera. Nosotros le conocíamos desde los cinco años, desde aquél día que llamó puta a la profesora de primero de primaria. Y él se murió a los diecisiete.
Era moreno, pálido desde los catorce, fumador desde los doce y luchador de nacimiento. Era el protagonista de una película de Hollywood que lloraba sobre mi hombro pérdida tras pérdida, un Clint Eastwood perdido entre disparos y derrotas. Nuestro protector, nuestro amigo, hermano y compañero.

Cuando lo encontramos muerto en el callejón, todavía corría un hilillo de sangre desde su nariz. Le limpié con cuidado y le besé en los labios, antes de susurrarle al oído.
-Tú siempre serás el protagonista de mi Hollywood particular.





Lautaro.

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