lunes, 23 de junio de 2008

Una foto salió volando de entre unos papeles, al fondo del cajón. Miré la fecha por la parte de atrás: Roquetas de Mar, agosto del 2002. Dos niños de quince y dieciséis, morenos, piel húmeda al lado de la piscina. Discutiendo. Y las imágenes de aquel verano se agolparon en cada rincón de mi memoria. Se llamaba David, y yo sólo podía recordar las catorce horas diarias juntos. Nuestra mesa a la hora de comer. El amigo que me visitó y te ganaste. Y se me escapó la primera lágrima recordando el primer beso bajo la luz de la luna de Almería. Sonreí mientras lloraba recordando caricias bajo el agua, nuestras miradas furtivas, las escapadas nocturnas a aquellas discotecas de mala muerte, con nombre de puticlub barato, en las que nos mordíamos la piel y hasta el alma entre susurros y te quieros. La despedida, las lágrimas, las promesas de amor eterno y de llamadas diarias, que cumplimos durante más de un año y medio.
La explosión del once de marzo hizo volar dos corazones y la ilusión de pensar que sólo quedaban unos meses para volver a abrazarnos. Cuando nos informaron de lo que había pasado, huí a encerrarme a casa y navegué entre el montón de cartas que me habías mandado en todo ese tiempo, hasta que encontré la que quería: "Cojo todas las mañanas el mismo tren en Atocha".

Se llamaba David. Y mis lágrimas aún recuerdan las noches en las que nos mordíamos la piel y el alma entre susurros y palabras tiernas.




Lautaro.

1 comentario:

Estela Rengel dijo...

Joder, a punto de saltárseme las lágrimas.