domingo, 15 de junio de 2008

La primera hostia le cayó en el ojo izquierdo y le hirió en el alma. La segunda le partió el labio y la vergüenza, y la tercera le robó la consciencia y el olvido. Lloraba el "que dirán" al curarse las heridas delante del espejo, y escondía moretones con el reflejo de las gafas de sol y una careta de maquillaje marrón y antiojeras verde.
-Buenos días, señor, son sesenta y ocho céntimos, ¿Va a querer los pasteles de cada domingo además del pan?

Y ella sabía que le miraban el corte, los puntos, las partes hinchadas. Pero nadie la ayudaba nunca. Y cada domingo después del fútbol, la misma tanda de hostias que le partían el alma, el corazón y la vergüenza.

-¿No deberías tener la cena lista para cuando llegue yo a casa, zorra?





Lautaro.





Porque hoy he visto a una mujer con el ojo morado y la mejilla hinchada. Tengamos huevos a ayudar y no sólo quedarnos mirando, joder.

No hay comentarios: