Insomnio anclado en la oscuridad, solo rota por la luz intermitente que desprenden los números verdes del reloj de la mesita de noche. Las seis y media. Nubes de vapor de alcohol flotando en el ambiente, mezclándose con olor a tabaco y al ambiente de los bares. A condones gastados y sueños lejanos. No oía nada, excepto el goteo de un grifo y pensamientos turbulentos, de esos que dan vueltas entre el mareo de un aturdimiento alcohólico, entre náuseas, vértigo, y coletazos de inconsciencia. Me dan las siete menos cuarto cuando decido levantarme. Aún no tengo muy claro para qué. Parpadea la luz del móvil mientra dejo mi cama atrás con un solo movimiento y mil mareos, puedo recordarlo. Lo que no recuerdo es haberlo azotado contra el marco de la ventana, lo que logró que se apagara. Vómitos inconscientes en el baño. Me detengo ante el olor a sexo y soledad cuando algo desvía mi atención hacia la ventana. Amanece. No me rompo, todo cambia.
Un amanecer, limpio, luminoso, tiñendo todo con su luz naranja. Y de repente, esta sensación de calma y tranquilidad, que acaba extinguiendo las náuseas, los mareos, y la semi inconsciencia alcohólica. Sólo son las siete y media.
Oí la voz de un ángel pronunciando mi nombre a través del agua densa,
llamándome al único cielo que yo anhelaba.
[...]
Un ángel no debería llorar, eso no está bien.
Lautaro.
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