Era uno de esos días en los que nunca llega a amanecer. Uno de esos días en los que el sol se esconde hasta la noche siguiente, asustado, tras las nubes de diciembre. Se despertó, a duras penas, empapada en sudor, propio y ajeno, sin poder discernir la causa de sus convulsiones. No recordaba qué había soñado, no porqué se había inquietado tanto. Intentó levantarse sin despertar a su acompañante. No podía llamarle pareja, aún no, a fin de cuentas había sido sólo sexo. Sin complicaciones innecesarias. Todavía no.
Reparó poco tiempo en su vestimenta. Lo mismo da conjuntar colores cuando lo único que tienes en mente es huir. Y éso es lo que hizo, corrió en dirección a la calle, y después siguió corriendo, rumbo a ningún sitio fijo. Sonreía cuando el viento le azotaba el pelo. Sonreía cuando el frío le cortó los labios. Y una mirada cortó su carrera.
Se detuvo el tiempo, el espacio cobró un nuevo significado.
Se acercó a ella, con el aplomo de quien se sabe ganador, sonrió ante la baza que aún guardaba, encendió un cigarro y lo puso en sus labios, sin articular palabra. Ella solo sonreía.
Así acabaron sus interminables noches de insomnio, sus pesadillas, las noches de soledad acompañada. Con una mirada intensa, una sonrisa y un cigarrillo a medias.
Lautaro.
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