miércoles, 13 de agosto de 2008

Nadie sabía cuántos años tenía exactamente, simplemente, era "mayor", o éso quería hacer creer su pelo cano. Le tembló el pulso cuando quiso sacar un hilo de voz.
-Anda, niño, ponme una copa más.
El camarero le miraba, leyendo las marcas con las que la desesperanza había surcado su rostro, y notando en el aire el olor a alcohol que traía de otros bares. Bajó la mirada, triste.
-Creo que ya ha bebido suficiente, caballero.
Se miraron. Y una lágrima recorrió el rostro demacrado por la bebida y la edad, mientras su mano derecha dejaba diez euros encima de la barra. Se giró, y se fue, con paso tambaleante, sin decir nada, sin volverse, sin recoger su dinero, sin rumbo fijo, sin un hogar al que dirigirse.
Le temblaba el pulso, pero no era mayor. Solo tenía cuarenta y tres, y el peso de una vida de alcohol y desperdicio colgado de los hombros.


Lautaro.

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