sábado, 16 de agosto de 2008

Una tardé de café y tabaco.

Carlos sonreía mientras hablaba.

"Me miras de una forma muy extraña, Lucía. Quizás te sorprenda que sonría, después de todo lo que ha pasado, o a lo mejor lo que realmente te sorprende es que no esté llorando. Y no es que me pille de sorpresa toda esta situación, es que no puedes entender que para mí sólo existe ella. No me importa que hoy no se de cuenta. No me importa que haya otros. No me importa que tenga otros labios, que se acueste con otros, que las palabras que anoche eran mías hoy sean de algún patán de gimnasio. Todo éso es irrelevante".

Lucía no preguntaba. Callaba y asentía, dejando entrever el gesto interrogante de sus ojos a través del humo del cigarro que Carlos sujetaba con la mano izquierda. Esperó hasta que su amigo bebió otro sorbo de café, despacio, y ella le imitó, expectante. Luego, sólo una pregunta.

-¿Por qué pasas por alto todo esto?

"No lo haría, niña, por ninguna otra. No lo haría si no tuviera la firme convicción de que algún día acabaremos juntos. Si no supiera que soy la persona que más feliz podría hacerla. Que yo ya no puedo vivir sin sus ojos, su sonrisa, su carácter, sus besos, su sentido del humor, de ése agrio que tú tanto odias. Porque me tiemblan las manos cada vez que escucho su voz en un susurro, Lucy".

Apagó el cigarro y la miró. Ya no sonreía, y tenía la mirada perdida.

-Lo siento, Lucía, no debería haberte dicho nada, después de todo lo que ha pasado, lo que me has dicho... No debería haberte contado nada.

-Te lo dije. No quería que cambiara nada. Ante todo somos amigos.

Una lágrima rodó por su mejilla. Y ni siquiera el humo del cigarro que encendió Carlos pudo disimularla.
Pero los dos hicieron como si nunca hubiera pasado nada.




Lautaro.


No hay comentarios: