Estábamos sentados en la terraza de la cafetería de siempre, aquella que pertenecía al centro comercial para mayoristas donde tantas veces tuvimos que ir de compras para la oficina o el laboratorio del jefe. Y llovía a cántaros mientras encendimos el primer cigarro, resguardados bajo el toldo. Él sonreía, enfundado en un jersey y una bufanda.
-Antonio, por amor de Dios, que estamos en abril-Solía decirle cada mañana cuando le veía aparecer demasiado abrigado. Ahora sonreía orgulloso.
Una canción conocida empezó a rondarnos los oídos a manos de la voz rota de Sabina. Torció el gesto.
-Apropiada.
Calló, y escuché. Sí, era apropiada. Quién me ha robado el mes de abril. Nos quedamos en silencio mientra Pablo traía la coca-cola. Aún no entendíamos cómo podía tomarla cada día, si afirmaba que la cafeína le daba sueño, y se pasaba las tres horas del trabajo de tarde, de cuatro a siete, dando cabezadas sobre los libros de investigación que estudiaba. Nosotros dos revolvíamos el café con pereza, cansados, y fumábamos despacio. Antonio posiblemente estaría pensando en todo lo que teníamos que hacer por la tarde, trabajo atrasado, cuentas pendientes. yo reí.
-Joder, Carmen, con todo lo que hay que hacer, y tú ahí...
Le corté.
-Sí, me río. Porque estás aquí pensando en todo lo que tienes pendiente, pero cuando te den las cuatro y media, andarás con una sonrisa de oreja a oreja en medio del laboratorio, dando tumbos de acá para allá, tomándome el pelo y estresándome. Y cuando al final me cabree y no pueda más con las tareas del jefe, vendrás a salvarme el culo, y me mandarás de paseo por fábrica con cualquier excusa mala para que pueda escaquearme quince minutos y hablar con Juanjo. Y seguramente, cuando vuelva, nos volveremos locos con cualquier cálculo erróneo, pero a las seis nos escaparemos, porque el café y las galletas a pachas de media tarde, como los de la mañana, no nos los quita nadie.
Ahora era él quien reía, y me giré hacia Pablo, que sonreía con los ojos entrecerrados, para seguir hablando.
-Además, posiblemente en cualquier momento de locura transitoria, y rodeada de cientos de agares de algas, cálculos, hojas de datos y disoluciones, me daré cuenta del aburrimiento de Pablo, como cada tarde, y me lo llevaré a recoger aguas, para que pase la siguiente hora entretenido con los análisis que antes me correspondían a mí.
Reímos los tres, y Antonio me tiró otro cigarro, asintiendo y terminándose su café.
-Nos quedan cinco minutos, chicos.
Y allí estaban, las únicas dos personas con las que pasaba diez horas diarias, trabajaba, comía, salía, y me emborrachaba cada fin de semana. Volví a sonreir y les miré.
-Vosotros sí que habéis robado mi mes de abril.
Lautaro.
¿Quién me ha robado el mes de abril? ¿Cómo pudo sucederme a mí?
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