jueves, 9 de octubre de 2008

Abril.

Estábamos sentados en la terraza de la cafetería de siempre, aquella que pertenecía al centro comercial para mayoristas donde tantas veces tuvimos que ir de compras para la oficina o el laboratorio del jefe. Y llovía a cántaros mientras encendimos el primer cigarro, resguardados bajo el toldo. Él sonreía, enfundado en un jersey y una bufanda.
-Antonio, por amor de Dios, que estamos en abril-Solía decirle cada mañana cuando le veía aparecer demasiado abrigado. Ahora sonreía orgulloso.
Una canción conocida empezó a rondarnos los oídos a manos de la voz rota de Sabina. Torció el gesto.
-Apropiada.
Calló, y escuché. Sí, era apropiada. Quién me ha robado el mes de abril. Nos quedamos en silencio mientra Pablo traía la coca-cola. Aún no entendíamos cómo podía tomarla cada día, si afirmaba que la cafeína le daba sueño, y se pasaba las tres horas del trabajo de tarde, de cuatro a siete, dando cabezadas sobre los libros de investigación que estudiaba. Nosotros dos revolvíamos el café con pereza, cansados, y fumábamos despacio. Antonio posiblemente estaría pensando en todo lo que teníamos que hacer por la tarde, trabajo atrasado, cuentas pendientes. yo reí.
-Joder, Carmen, con todo lo que hay que hacer, y tú ahí...
Le corté.
-Sí, me río. Porque estás aquí pensando en todo lo que tienes pendiente, pero cuando te den las cuatro y media, andarás con una sonrisa de oreja a oreja en medio del laboratorio, dando tumbos de acá para allá, tomándome el pelo y estresándome. Y cuando al final me cabree y no pueda más con las tareas del jefe, vendrás a salvarme el culo, y me mandarás de paseo por fábrica con cualquier excusa mala para que pueda escaquearme quince minutos y hablar con Juanjo. Y seguramente, cuando vuelva, nos volveremos locos con cualquier cálculo erróneo, pero a las seis nos escaparemos, porque el café y las galletas a pachas de media tarde, como los de la mañana, no nos los quita nadie.
Ahora era él quien reía, y me giré hacia Pablo, que sonreía con los ojos entrecerrados, para seguir hablando.
-Además, posiblemente en cualquier momento de locura transitoria, y rodeada de cientos de agares de algas, cálculos, hojas de datos y disoluciones, me daré cuenta del aburrimiento de Pablo, como cada tarde, y me lo llevaré a recoger aguas, para que pase la siguiente hora entretenido con los análisis que antes me correspondían a mí.
Reímos los tres, y Antonio me tiró otro cigarro, asintiendo y terminándose su café.
-Nos quedan cinco minutos, chicos.
Y allí estaban, las únicas dos personas con las que pasaba diez horas diarias, trabajaba, comía, salía, y me emborrachaba cada fin de semana. Volví a sonreir y les miré.
-Vosotros sí que habéis robado mi mes de abril.



Lautaro.


¿Quién me ha robado el mes de abril? ¿Cómo pudo sucederme a mí?

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