El ambiente cargado del comedor me estaba ahogando. Miré a mi alrededor, y comprendí que estaba sola en aquella silla, enfrente de la pista de baile, y todo el mundo había olvidado mi existencia, así que decidí salir a recuperar el aliento. Atravesé el comedor, saludando a media familia, cogí la cajetilla y el mechero, y salí al salón exterior. Por fin estaba sola. Sola, tranquila, y a salvo de cumbias, merengues, salsas, y demás bailes atroces para menear caderas típicos de estos acontecimientos. Me dejé caer en las escaleras y encendí mi cigarro. Allí me quedé, fumando tranquilamente a oscuras, hasta que me interrumpió un susurro que parecía provenir del hueco de debajo de las escaleras.
-¿Me aceleras el cáncer, Jhonnycake?
Sonreí al recordar la cita de aquel libro que leimos juntos cuando yo tenía catorce años, y él, ya diecisiete, y no me hizo falta girarme ni reconocer la voz para saber que Marcos estaba allí, posiblemente tan serio como siempre. Tiré la cajetilla al aire mientras trataba de recordar el título del libro. Rebeldes. Traté de recordar quién se lo había quedado, pero no pude.
-¿Cuántos años hace, Marcos? ¿Siete?
El eco del salón vaío me devolvió el sonido de su risa, y se acercó, hasta sentarse despacio a mi lado mientras rasgaba la oscuridad con la llama de una cerilla. Jugó con el humo, enredándoselo en los dedos, sin mirarme, y siguió hablando entre susurros.
-¿Qué haces aquí? ¿No te gusta la fiesta?
-Yo no soy quien debería estar dentro en todo momento. No soy el hermano de la novia.
Y así perdimos media hora sin mirar el reloj, poniéndonos al día entre aros de humo y voces apagadas por el aullido de la música. Hablamos de relaciones que se rompen, de corazones rotos, de lágrimas y canciones tristes que cobran sentido cuando el mundo acaba. Sólo que el mundo no termina, ralentiza el tiempo y te apresa en noches largas y días oscuros. No volvimos a sonreir hasta que explicó que se escondía en el sofá oculto entre el piano y el jardín zen que tenían plantado en aquel salón del hotel mas triste del mundo.
-¿Por qué te escondes?
-Porque tanta felicidad, tanta gente borracha, tantas risas y tanta música hacen que me sienta asquerosamente solo. ¿Porqué te escondes tú?
-Porque no me gusta bailar.
Y así volvimos a reir, hasta que quise volver, porque seguramente mi padre estaría a punto de llamar a los geos, y él me agarró la muñeca al levantarme.
-Nunca has pensado que quizá tú y yo...
-No creo que a la familia le gustase éso de que dos primos tengan un affaire. Hemofilia, ya sabes.
-Es sólo que hoy estás especialmente preciosa, y no lo digo porque esté especialmente borracho.
Regresé a la silla al lado de la pista de baile, medio cabreada y dolida, a alimentar mi enfado con los saltos de un familiar borracho y un camarero incompetente. Perdí la noción del tiempo entre bombones caros y tabaco barato, humos de puro, y vasos sin alcohol. Y de repente una mano me sujetó el hombro cuando empezó a tronar en los altavoces una canción lenta. Il Divo, seguramente.
-Al menos, concédeme este baile.
No esperó a que contestara, y me sentí arrastrada mientras me sentía observada, aunque nadie prestaba atención. Me dejé llevar lo que duró la mitad del baile, medio dormida, y él volvió a reír.
-Creí que no te gustaba bailar.
-Y no me gusta, pero estoy cansada, cabreada, y sigues siendo mi primo. El único con el que, por cierto, aún no me he echo una foto. Mi padre se va a cabrear.
-¿Crees que nos veremos algún día por ahí?
Me giré y me fui. No quería escuchar más, así que arrastré a la parte de los borrachos de la familia que tenía que llevar a casa a la puerta de salida, y empezamos con las despedidas. Pero no podíamos irnos sin despedir al hermano de la novia. No levanté la vista.
-Marcos, ha sido un placer, todo excelente.
-Carmen, ¿Cuándo me volverás a conceder otro baile?
-En la próxima boda. Con suerte, quizás sea la tuya.
-O la tuya. Igual no ahora ni el año que viene, pero quizás dentro de cinco años...
Ahí estaba otra vez, el cabreo. Y me fui sin mirar atrás, rompiendo plantas del jardín zen, arrastrando cuatro borrachos entrados en años, y escuchando el aporrear del piano y los gritos de una niña pequeña.
Conseguí quitarme los zapatos y abrir el bolso antes de tirarme en la cama. Y ahí estaba, entre mi cajetilla de tabaco, el móvil y las sombras de ojos. El ejemplar manoseado del libro que leímos juntos cuando yo tenía catorce y él, ya diecisiete. Rebeldes.
Lautaro.
Fuimos grandes, fuimos libres, tú y yo. Nos llamaban "Los Rebeldes" por una cuestión de honor, y en las calles aún sonaba rock and roll.
Pablo Valdés-Los Rebeldes.
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2 comentarios:
Hola! No se exactamente como llegué a para a tu blog, pero me encanta, me encanta como escribes.
Me hace siempre ilusión cuando entro y veo que hay una entrada nueva :)
Vaya, Gracias ^^
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