lunes, 22 de septiembre de 2008

Por un momento volví al dos mil tres, aquel verano caluroso en que no llovió ni un sólo día, y en el que la sonrisa nos vino importada desde México, y tenía sabor a coronita. No esperaba volver a encontraros esta tarde, cuando salí a ver si me despejaba con el viento de la tarde, aburrida de familia y telenovelas baratas. No acabé de encender el cigarro cuando empezaron los gritos.


-¡Joder, Carmen, tenías que haber avisado de que venías!


Sonreí, sin girarme, y un par de brazos me rodearon, apretando fuerte. Diana estaba allí, regalándome la misma sonrisa que años atrás había arreglado mi verano. Y las viejas amigas que se reencuentran, se toman un café. Pero nosotras abogamos por las viejas costumbres, así que nos subimos al coche de mi padre y pusimos aquel viejo cd de Juanes, y buscamos intuitivamente la pista nueve, que sonaba a saltos entre rallonazo y rallonazo. Y empezamos a recordar.
Corría el dos mil tres, aquel verano caluroso en que no llovió ni un sólo día, y en el que la sonrisa nos vino importada desde México, y tenía sabor a coronita. Apareció con un amigo nuestro, Martín, una tarde, a las siete, cuando volvíamos del baño diario en la piscina municipal. No nos parecía guapo, ni mucho menos, pero yo tenía dieciséis, y Diana quince, y nos dejamos cautivar por la experiencia de sus veinte, una sonrisa de blanqueador dental, el acento sudamericano y palabras tan raras como "carro". Se llamaba Manuel, y llegó para quedarse.
No recuerdo cuando perdimos el norte dentro de aquellos ojos oscuros y brillantes, pero sí que me robó un beso escondidos entre árboles y matorrales, a salvo de miradas indiscretas y vecinas cotillas. Y aquel rincón se convirtió en nuestro, y escondimos nuestro romance en dos iniciales entrelazadas grabadas a compás en el banco donde solíamos reunirnos todos. Durante dos largos meses fue aquel nuestro secreto, cada vez que caía el sol me perdía en sus labios con sabor a coronita hasta la madrugada, y a la mañana siguiente éramos sólo dos amigos que se llevaban demasiado bien. Día tras día. Noche tras noche. Y el toro nos pilló en septiembre.
Diana huía, fuerte, a llorar escondida entre las ruinas de una vieja iglesia abandonada. Un día supe que se había enterado de todo. No pude hacer más que cogerla de la mano y bajar de aquel pequeño monte en silencio. Nos refugiamos en el coche de mi padre y pusimos el último cd de Juanes, abrazando las fotos de aquel verano que parecía interminable y que sin embargo estaba a punto de acabar. La pista nueve nos envolvió mientras llorábamos juntas. Fotografía, se llamaba.
Cuando hay un abismo desnudo
Que se opone entre los dos
Yo me valgo del recuerdo
Taciturno de tu voz
Y de nuevo siento enfermo este corazón
Que no le queda remedio más que amarte
Y en la distancia te puedo ver
Cuando tus fotos me siento a ver
Y en las estrellas tus ojos ver
Cuando tus fotos me siento a ver...
Los dos días siguientes pasaron demasiado rápido. Y el tercero, la despedida. Creo que fue lo más horrible que tuve que hacer nunca.

Diana sonreía mientras tarareaba en el coche y recordaba la historia.
-¿Sabes, Carmen? Manuel vuelve en octubre.
-Quizás ahora seas tú quien pruebe el sabor de la coronita en labios mexicanos.





Lautaro.

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